The Last Guardian, cuando el videojuego se hace poesía

La historia de un niño perdido en un mundo que se desmorona acompañado por un simpático monstruo alado llamado Trico.

Hay juegos diferentes, creados para jugar con calma, para recrearse en ellos. Juegos en los que la clave no está tanto en la calidad gráfica como en la artística, juegos en los que la historia no es tan importante como los personajes que la sustentan. ‘The Last Guardian’ es uno de esos juegos.

Nos despertamos en el suelo. Somos un niño, con unos extraños símbolos dibujados en la piel y una gigantesca criatura a nuestro lado. Un monstruo alado y recubierto de plumas que nos inspira más ternura que miedo. Se llama Trico y es nuestro amigo. Una voz en off en un idioma extraño narra nuestra historia y nos guía a través de un mundo en ruinas con gigantescas construcciones que se desploman a nuestro paso, y sobre todo al paso del enorme y curioso Trico que todo lo mira, huele y grita.

The Last Guardian’ no es un juego para todo el mundo. Tiene su propio ritmo, pausado y onírico, pensado para recrearse en el inmenso y majestuoso mundo creado por el artista japonés Fumito Ueda. Ideado para pasar horas recorriendo sus parajes y sorprendiéndose con sus criaturas.

Es una aventura repleta de misterios y puzzles, ni tan sencillos como para pensar que nos lo dan todo hecho ni tan complejos como para desesperar y desistir. Los controles son sencillos –se muestran siempre en pantalla a modo de pista– y de los enemigos no hay que preocuparse en exceso, ya que de ellos solo podremos huir –al fin y al cabo somos un niño– esperando que nuestro compañero acabe con ellos por nosotros.

Pero, sobre todas las cosas, ‘The Last Guardian’ es una historia sobre la amistad, sobre los lazos invisibles que se forjan durante el viaje y que ningún contratiempo ni adversidad son capaces de romper.

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