‘Fallout 4’, una aventura descomunal

Es un juego de rol inmenso que tiene lugar en un universo tan bello como inquietante.

Como siempre que hablamos de ‘Fallout’, el fin del mundo es el comienzo de nuestra aventura. Un holocausto nuclear lo ha destruido todo y ha acabado con la vida de todos cuantos conocíamos. Nosotros permanecimos dormidos, hibernando, mientras la humanidad, o lo poco que quedaba de ella, trataba de salir adelante y, 200 años después, despertamos y nos vemos lanzados al Yermo, un inmenso mundo inhóspito y repleto de peligros, convertidos en un vagabundo del apocalipsis. Esto promete.

Pocas aventuras hay más apabullantemente enormes e hipnóticamente inmersivas como ‘Fallout 4’. Desde el principio podremos elegir qué hacer, dónde ir y a quién ayudar. En el Yermo no debemos tener miedo a aburrirnos. Aunque parece que es un lugar desolado y solo habitado por criaturas mutantes poco amigables, pronto descubriremos que el universo creado por Bethesda está repleto de pequeñas historias y grandes epopeyas, gente sencilla que precisa de nuestra ayuda y malvados villanos a los que volarles los sesos.
Un sintecho en el fin del mundo
Como buen vagabundo, nuestro protagonista podrá coger todo lo que encuentre en su camino. Y todo significa todo: desde una ametralladora a una simple botella de leche vacía. Además de para comerciar con ellos, como ya podíamos hacer en anteriores entregas, los objetos servirán para que, combinados, podamos transformarlos en otras cosas.

Las capacidades de personalización de todos los aspectos del juego son abrumadoras. Desde todos los rasgos faciales y físicos de nuestro personaje, barba, pelo, ojos nariz y boca, hasta sus aptitudes, su vestimenta –que puede ir desde una armadura de cuero a un vestido de lentejuelas– o sus armas, todas ellas asimismo mejorables a través de un sencillo y completo taller clandestino que encontraremos en distintos puntos del mapa.

También podremos llevar a cabo construcciones de todo tipo, desde estructuras y casa hasta robots de defensa o estaciones de comunicación. La lista es casi infinita y los recursos abundantes. Solo nuestro tiempo e imaginación pondrán límites a lo que podemos crear en ‘Fallout 4’.

En este particular mundo postapocalíptico también contaremos con la ayuda de varios acompañantes que nos cubrirán las espaldas. Podremos elegir en todo momento entre un amplio elenco de animales, robots o humanos para hacer más llevaderas nuestras horas recorriendo el Yermo.

Las escenas de acción se han llevado a un nuevo nivel. Se mantiene el VATS, un sistema de apuntado automático que ralentiza el tiempo permitiendo escoger a qué parte del cuerpo del enemigo irán destinadas nuestras balas, pero también se ha mejorado la forma clásica de apuntar. Además, podremos escoger entre entrar a lo bruto en la acción o utilizar el sigilo como aliado para eliminar a nuestro rivales sin ser detectados. Dependerá de las preferencias y destrezas de cada uno la forma de abordar cada situación.
Gráficos buenos y mejorables
En el apartado gráfico existen luces y sombras. La recreación del mundo tras el día del juicio final es sencillamente espectacular, tanto por su tamaño como por el cuidado en los detalles. Vastos parajes se extienden frente a nuestro protagonista desde el principio invitándonos a explorar cada rincón con el horizonte como destino y sin límites aparentes a la vista. La luz del sol puede resultar cegadora del mismo modo que una lluviosa noche puede servirnos para ocultar nuestro pasos antes de abatir a un enemigo.

Por desgracia hay varios aspectos que no se le dan bien a Bethesda, por un lado unos seres humanos muy poco humanos y sin mimo por el detalle en sus expresiones o movimientos; por otro las transiciones entre interiores y exteriores, con cambios bruscos y, en ocasiones, desesperantemente lentos.

En definitiva, ‘Fallout 4’ es una aventura que hará las delicias de todo amante de los ‘RPG’ inmersivos con cientos de horas de diversión, pero que presenta algunas carencias en el apartado gráfico que lo hubieran convertido en una incuestionable obra maestra.

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